Soñadores prácticos. El artista como gestor y curador

por Humberto Vélez (Panamá)

 

1. El artista-orquesta

Hace poco escuché hablar a algunos artistas, sobre una reciente exposición en el Museo de Arte Contemporáneo de Panamá, que el autor en cuestión había logrado llegar allí porque era rico. Este comentario y otros similares sugieren que muchos artistas locales, y también el público en general, piensan que las puertas del Museo más importante del país están cerradas para ellos. No lo perciben como un centro de participación y experimentación. Por otro lado, tampoco creo que muchos de esos artistas conozcan la enorme organización que requiere una presentación en aquel Museo, independientemente de su calidad. Sus comentarios simplemente pasaron por alto la existencia de un complejo proceso de promoción, gestión y montaje. Pareciese que estos pasos no fueran parte del sistema de trabajo de muchos. La falta de planificación y organización no son sólo problemas achacables a las estructuras culturales de nuestros países sino – en muchos casos-, a las de los mismos artistas.

Una de las barreras más difíciles que tenemos que afrontar es nuestra propia actitud de resignación. Años de gobiernos paternalistas han provocado una mentalidad generalizada de inercia, y en especial, en los artistas de las artes visuales. La idea, que incluso persiste en los más jóvenes, es que sus capacidades deben ser descubiertas y el Estado debe asumir la entera responsabilidad de dar a conocer sus trabajos. Muchos, en edad madura ahora, siguen esperando.

Otro problema es el aislamiento en el proceso de creación. Cada vez se hace más imprescindible la colaboración con otros artistas de distintas áreas para la consecución de proyectos de cierta envergadura o complejidad. En este momento, en que los “media” han irrumpido mundialmente, la realización de obras digitales en equipo es indiscutible. Si bien la idea parece ser de Perogrullo, la pregunta es, ¿por qué no se hace.

El reto es adoptar una estructura de organización y un sistema de trabajo que no sólo asegure la calidad artística del proyecto sino que sea económicamente viable y que cree las bases para otros posteriores. No me refiero sólo a la importante búsqueda de fondos internacionales, sino a los que se tiene a mano, los nacionales.

La gente del teatro, músicos, cineastas y videastas están un paso adelante en relación con los artistas de las artes visuales: su trabajo es fundamentalmente colectivo. Saben que debe existir una división del trabajo en áreas tan distintas como la dirección de arte y la contabilidad. El buen resultado del proyecto es producto de este entendimiento. Muchos de los artistas de las artes visuales todavía tienen recelo de participar en grupo. El individualismo y la dificultad para ceder o ponerse de acuerdo se hace un verdadero infierno. Ni hablar de la búsqueda y administración de los recursos económicos. Muy pocos de nosotros escapan a esa brecha. Arte y administración parecieran ser incompatibles.

El “artista-orquesta” -gestor, promotor y curador- aparece como respuesta a la falta de políticas de apoyo a las artes en nuestros países, así como a la consabida – y a veces falaz-carencia de fondos, porque política y presupuesto van combinadas, como el arroz y los frijoles. Pareciera, por lo tanto, que la única opción es la auto-organización de proyectos, tanto propios como de otros artistas. La financiación, organización, curaduría y creación artística, se transforman, en resumidas cuentas, en una sola labor que, de hecho, asume ya el artista en nuestros países, voluntaria o involuntariamente.

 

2. Del trópico con amor

Las interminables dificultades que nos presentan los funcionarios públicos de cultura son materia consabida. Aparte de eso, los artistas que hacen instalaciones y arte digital, se topan con un público sorprendido o consternado. Las deficiencias educativas son una explicación insuficiente para entender un proceso que tiene que ver tanto o más con el cambio del arte desde el siglo pasado, como con la pobreza en nuestros países. Ni siquiera en Europa la gran mayoría está informada sobre el arte contemporáneo. Explicar la falta de interés de nuestras sociedades culpando al subdesarrollo es reduccionista e injusto. Es más, a nuestro favor, diría que en nuestras especificidades sociales y humanas se encuentran el sentido de una actividad artística y una voluntad vital que puede llenar el vacío espiritual que impera en ciertas culturas, y entusiasmarlas.

Hablar de la práctica artística también implica hablar sobre ética. Arte y ética van unidas. No me refiero al “compromiso político”, usualmente de corte partidista, ni a actitudes moralistas o clasistas. Hablo sobre la relación que mantenemos los artistas con el público, sobre nuestra realidad personal o social a través de la obra, y la manera como expresamos y comunicamos nuestras ideas o emociones. No pensar en ese público es una falta de consideración. Debemos buscar la manera de hacer el “clic” para que las obras de arte contemporáneo de vanguardia lleguen a conmoverle. ¿Cómo criticar al público si no levantamos los puentes que llegan a su interés? El reto es ético y expresivo: hablar sobre asuntos cotidianos, sobre temas que tocan a todos, íntimos o sociales, con medios contemporáneos y en sociedades con limitados recursos económicos. Es una tarea en la que entran en juego la creatividad, la pasión y la aventura. Bill Viola dijo: “es necesario restablecer el vínculo entre el arte y el público, restituir el arte a un puesto funcional en la vida de las personas, para la supervivencia práctica de una práctica viva del arte.

 

3. Artistas y agitadores

En nuestros países pareciera que no queda otro remedio que actuar como agitadores artísticos. Según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española la palabra agitación tiene, entre otros, el siguiente significado: “Inquietar, turbar, mover violentamente el ánimo”. El agitar, más que una pose vanguardista o de modernidad, es una condición impuesta por el medio. Toda actividad artística -al menos en Panamá- que añada algo novedoso, que revuelva los pensamientos, ya es agitadora de por sí: un temblor que hace tambalear los cimientos de un “status quo” eminentemente conservador.

La sociedad panameña nunca ha estado especialmente interesada en el arte. Al tener una economía terciaria basada en los ingresos provenientes del tránsito del Canal y una población flotante, su intereses han sido exclusivamente económicos. Su modelo mercantilista tampoco es como el catalán. Los catalanes, como mercaderes avezados, han comprendido que el desarrollo del arte y la cultura también proporciona ingresos pingües: son el paradigma mundial y capitalista de la relación económica entre el arte y la cultura. Panamá, a pesar de ser el eje del tránsito transoceánico en el continente, no es un país abierto al mundo: prefiere, paradójicamente, mirarse a sí mismo debido a su inseguridad histórica, producto de la ocupación estadounidense de casi un siglo de de la parte central de su territorio y de su recurso clave. Por esas razones y otras, el panorama de la cultura se ha relegado a las manifestaciones folclóricas que actúan como reforzadores de la identidad nacional, o en el otro extremo, a la imitación del estilo de vida estadounidense. No por eso somos menos latinoamericanos, pero si más dispersos. Necesitamos seguridad y la oligarquía nacional, en el arte, la ha tomado de los patrones clásicos y conservadores de la cultura.

“Comercio y arte, como en todos los países dominan el panorama cultural. La diferencia con Panamá es que casi no existen exposiciones ni espacios alternativos, ni se realizan proyectos que no sean vendibles y estéticamente consecuentes con los valores tradicionales y oligarcas. Recientemente se han habilitado algunas salas en donde, temporalmente, se han expuesto instalaciones, pero tengo la sospecha de que sus propuestas no son auténticamente participativas, accesibles al gran público y es una nueva manifestación elitista que busca ponerse al día. Hasta hace muy poco, exponer en las galerías comerciales de renombre y en el Museo de Arte Contemporáneo era sinónimo exclusivo de venta para la decoración. No soy romántico: hay que vender para vivir, pero hay muy pocas posibilidades de mostrar y vender pinturas de vanguardia, instalaciones, y ni hablar siquiera de hacer arte digital. No existen fondos públicos, ni los galeristas van a perder dinero en costos de presentación no retribuibles. Así, pareciera que hacer arte “no vendible”, en términos tradicionales, es agitar.

“La actividad artística incluye que se le exija a los gobiernos el ejecutar su labor de promoción de las artes. Siempre existirá la excusa de la priorización de “las necesidades básicas sobre las superfluas”, pero esta explicación, incluso, se llega a escuchar en países ricos donde se alzan críticas a las inversiones en arte. Entonces, ¿cómo conciliar intereses gubernamentales con el arte? Es una respuesta difícil que puede tener un aire político. Buscar razones en la Constitución y los Derechos Humanos es una justificación poco práctica a mediano plazo. Una posibilidad es la de valorar y enumerar explícitamente los resultados de la labor artística para así ayudar a entender su importancia. Recientemente, en Panamá, se ha estado hablando sobre las ventajas de utilizar los dineros obtenidos de la privatización de las empresas públicas. De las futuras inversiones que saldrían del llamado Fondo Fiduciario, no se ha ni siquiera mencionado el otorgar un porcentaje para el desarrollo de las actividades culturales y artísticas. Tampoco es que nuestros gobiernos piensen en ellas como un recurso del cual todos podemos beneficiarnos sino más bien como otra actividad a mantener dentro las funciones estatales.

La reconsideración de la práctica artística- al menos en el Istmo y dependiendo de cada artista- y del objeto de arte pareciera que son tareas que surgen del estado de nuestras sociedades. Las preguntas de qué es arte y quién dice qué es arte son el pan de cada día. Es imposible obviar una resistencia que comienza por las aulas de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Panamá, donde se habla del arte con mensaje -político, educativo u otros-, el Museo de Arte Contemporáneo -por ahora-, las galerías privadas y el Gobierno Nacional. Parece que todos estos intentan frenar un tren que se les viene encima, como en los pases del corto de Lumière. Hace poco conversaba con el Director del Instituto Nacional de Cultura, encargado de las artes en Panamá, sobre el estado de esta institución. “El problema es político y presupuestario”, dijo. “Los políticos ponen a funcionarios sin ningún interés en cargos operativos y son prácticamente inamovibles”. Aparte de esto, y lo sé de primera mano, cualquier apoyo a un artista o grupo de artistas es considerado como un favor personal o tiene un interés político partidista.

Hasta la fecha no ha habido en Panamá una sola galería privada que haya mostrado obras de carácter no vendible, aunque sea por pocos días. Obviamente, ni siquiera se ha pensado en una práctica galerista que incluya entre sus objetivos el promover a los artistas jóvenes y las formas de expresión de vanguardia para poner al tanto al público, a los compradores y a los coleccionistas. Como todo público, y especialmente por la ausencia de lugares de exhibición, el panameño necesita ver en espacios privados una obra de arte para empezar a otorgarle valor. Pareciera que la actividad diversificada de un artista -que abarca obras “vendibles” y no “vendibles” (o de encargo), no entra a formar parte de la mentalidad de los galeristas. Ni siquiera ven rentable la fórmula de promocionar un nuevo “producto”,como las instalaciones, o, inclusive, unificar los roles de galerista y agente. Porque, ¿cuántos coleccionistas panameños importantes tienen al menos una instalación, y , sobre todo, cuántos bancos, que son casi doscientos en nuestro país? Las colecciones de “arte corporativo” -tan común en países que poseen o alojan casas matrices o importantes sucursales-, con sus pros y contras, no incluye la escultura o la instalación en Panamá. Es más, algunas de estas, básicamente de pintura, guardan el sueño de la descomposición en  bodegas. ¿Será esta una muestra de falta de visión en los negocios o simplemente una resistencia al cambio.

El Museo de Arte Contemporáneo de Panamá, en los últimos años y salvo excepciones, no ha mostrado exhibiciones que avalan su nombre. Extrañamente, es un museo que vende obras como si fuese una galería privada. Las excepciones han sido las contadas exhibiciones de instalación que han causado cierta desilusión en los contadores de la institución y gastos en los bolsillos de los artistas. En la mayoría de los casos, se valoraba la obra por su capacidad de venta. Además, el Consejo Técnico del Museo, en su mayoría, está formado por personas con gran relevancia social pero discutible conocimiento artístico. Es más, muchos de ellos se oponen abiertamente a la muestra de instalaciones, por considerar que no es arte. En los últimos años, sin embargo, varios artistas han logrado “colar”sus trabajos, lo que ha facilitado relativamente la convivencia -no su reconocimiento- con este género. Actualmente, la nueva directora del museo desea convertirlo en un espacio más participativo para los jóvenes y las artes no tradicionales. Los principales escollos son económicos e ideológicos. El museo es una institución privada sin fines de lucro que no recibe ayuda económica directa del gobierno, sino una exigüa anualidad de sus prominentes socios. Además, algunos de los miembros de la Junta Técnica mantienen una actitud conservadora y clasista. Para el público en general, el Museo de Arte Contemporáneo es considerado un espacio de las clases aventajadas; también es una torre de pedantería intelectual para algunos comentaristas de arte que desean reconocimiento.

 

4. Redefinición y reformulación

Los primeros días de enero de este año, conocí en La Habana a un famoso crítico de arte cubano. Curiosamente, sus preguntas no estaban enfocadas en el acontecer artístico panameño, sino a lo que iría a pasar con el Canal de Panamá. A partir de aquella conversación empecé a reflexionar sobre las nuevas relaciones que surgirán entre la actividad artística y la vía acuática. Y no me refiero a las ya innumerables manifestaciones de “arte nacionalista

Una de las razones principales por las cuales retorné a Panamá a finales del año pasado, junto con otros miles de panameños que viven fuera del país, fue el presenciar la unificación del territorio nacional. Para nosotros, esa estrecha franja de tierra y agua es parte indisoluble de nuestras vidas, de la misma manera que cuando se habla de Cuba es imposible dejar de pensar en la influencia de la revolución en la isla. En los últimos diez años, después de la invasión, Panamá ha intentado amoldarse a la responsabilidad de la administración de la vía acuática, y, coincidentemente, la actividad artística ha sufrido un cambio cualitativo.

Se han presentado, aunque esporádicamente, instalaciones, y hasta obras de arte digital, en su mayoría de extranjeros residentes en Panamá y panameños que han vivido en Estados Unidos y en Europa. Especialmente, y por primera vez, una generación de panameños de clase media ha podido viajar y volver con propuestas modernas, tratando de relacionar lo local con algunas ideas que corren en el panorama internacional. Más que relacionar sería mejor decir repensar lo panameño y latinoamericano dentro del contexto mundial en un momento, al menos simbólicamente importante, como han sido el cambio de siglo. La prerrogativa de propuestas artísticas de peso en Panamá, anteriormente y salvo excepciones, sólo era económicamente posible para artistas de familias pudientes. Si de algo ha servido la globalización es para facilitar la comunicación real de nuestro entorno con otros espacios de gran actividad artística. En un país que sirve de puente comercial- tenemos un lema local: “Panamá puente del mundo, corazón del Universo”- la comunicación artística con los otros es, asombrosamente, casi nula.

La actividad crítica tiene su otro tanto. Con la excepción del semanario cultural “Talingo”, casi no existe labor crítica en el país. La complacencia entre “bandas artísticas” o la llamada “pluma alquilada” para los catálogos de exhibiciones es la moneda usual. Peor aún, los mismos artistas no acostumbran a comentar o escribir sobre su obra. Digo comentar, no explicar. Ni siquiera existen debates sobre las propuestas, nadie está abiertamente en contra, al menos no en los periódicos. Si alguien está en desacuerdo no hay oposición abierta y pública. Entonces, ante este sí eterno, no existe debate sino un continuo marasmo afirmativo, muy cómodo para la venta.

Pareciera que para realizar arte no tradicional hay que contravenir e innovar a la vez, no sólo en los contenidos, sino en la forma de hacer viables los proyectos.

Mucho se ha dicho que la empresa privada no está suficientemente interesada en apoyar las artes. No estoy totalmente de acuerdo. He podido comprobar que existe una nueva actitud por parte de empresarios jóvenes que se entusiasman ante nuevas propuestas y desean ser parte de ellas. Por otro lado, algunos artistas piensan que como viven en un país que no está interesado en financiar el arte, siempre se tendrá que trabajar con pocos recursos. Creo que una cosa es adaptarse creativamente a las limitaciones, y otra la de realizar una obra deficientemente porque no se hizo el esfuerzo de buscar más fondos. Esta actitud, que en el pasado tuvo bases reales y prácticas, parece ahora dejadez.

La cooperación entre artistas es una necesidad creativa y práctica. En el arte digital, por ejemplo, es casi imprescindible la participación colectiva, independientemente del artista que tuvo la idea. Inclusive, para la realización de exhibiciones que incluyan instalaciones es común contar con artistas como pintores, fotógrafos, diseñadores, músicos, etc. A su vez, los artistas pueden funcionar como gestores, administradores o vendedores de otros artistas para un proyecto determinado. Los cineastas y la gente de teatro conocen perfectamente de lo que hablo. Es más, este tipo de actividad capacita a los artistas a formarse en las tareas de gestión y curaduría de sus propias obras y las de otros. Existen muy pocos curadores en Panamá. Ha sido la misma práctica la que proporcionado y proporciona la experiencia.

La actividad curatorial surge de la práctica continua del trabajo personal y en conjunto, y se acrecienta con la visión y experiencia en el extranjero. Especialmente los artistas que han vivido o viven fuera, tiene la posibilidad de mantener una mirada fresca y curiosa de las obras de sus colegas. También intuyen qué trabajos pueden llegar a acercarse a distintos tipos de público, independientemente de sus gustos personales. La visión para seleccionar obras que trasciendan los límites locales y puedan insertarse con identidad fuera de nuestra región, es el resultado de un trabajo continuo que, usualmente, ha sido posible gracias a la asociación con otros artistas o curadores en actividades similares. Hay que tomar en cuenta, en las colectivas de artistas jóvenes, que habrá que romper con los estereotipos y mostrar la singularidad de nuestra expresión. Usualmente, los conceptos de modernidad, superioridad, subdesarrollo y atraso se permean en las expectativas de los grandes centros internacionales del arte y sus representantes.

Como dije anteriormente, el Canal es esencial para los panameños. Sería bueno ahora que podemos, hacer uso de sus áreas abiertas para realizar proyectos artísticos como instalaciones, obras de teatro o “performances”. Para muchos de nosotros es un espacio por descubrir, al cual nunca tuvimos acceso. Por esa razón nuestra geografía nos representa tan bien. Actualmente, está en proceso de formación ARPA, una fundación para la promoción de las artes de vanguardia en Panamá. ARPA, tiene el interés de ayudar a artistas jóvenes a conseguir capacitación y a la creación de verdaderos espacios alternativos. Quizás sería bueno incluir en sus objetivos el aumentar la proyección de los artistas panameños fuera del país y ayudar a la organización de una red de comunicación interna y externa entre artistas e instituciones. Si nuestra sociedad se ha basado en las relaciones con el exterior, este es el momento oportuno para ser consecuentes artísticamente con esta idea. Man  Ray, sobre el trabajo del artista, decía: “The streets are full of admirable craftsmen, but so few practical dreamers”.